Cambios.
6 enero 2012 10 comentarios
Nací en una casa sin nevera ni televisión, por aquel entonces en las casas había un rincón conocido como “la fresquera”, a veces incluso con unas rendijas al exterior, en la zona más fría de la casa, donde se guardaban los alimentos más perecederos. Muchas calles estaban sin asfaltar, y los coches eran poco menos que testimoniales, los scooters algo más frecuentes. La conservera, situada en medio del pueblo, nos indicaba la hora de levantarse para ir al colegio con la sirena que tocaban a la entrada del turno de trabajo. La leche la traían las lecheras en carros desde las granjas de los alrededores, recién ordeñada de vacas que se alimentaban de hierba, muchas veces en semilibertad por los prados del dueño. Cuando llegaban las lanchas al muelle, las mujeres (sí, otra vez las mujeres) cargaban en los carros y voceaban por las calles la mercancía, pescado fresco como muchos nunca habréis visto.
Al poco tiempo, mis padres compraron un piso por fin, tendría yo unos cinco años y ya teníamos nevera y televisión en blanco y negro. Más tarde, unos dos o tres años después, tendríamos teléfono, un teléfono con un disco que había que dar vueltas para marcar los números. Las cartas traían noticias de la familia, las caligrafías eran exquisitas, venían escritas con estilográfica, y en Navidades llegaban un montón de tarjetas. Podías jugar en la calle, literalmente en el medio de la calle, y apartarte las pocas veces que pasaba un coche. A veces terminabas de jugar y subías a por la merienda sin que hubiera pasado ninguno. Ahora hay que tener cuidado hasta cuando vas por la acera, continuamente invadida por la mala educación de los conductores.
En los primeros años en la escuela no teníamos calculadoras (ni en casa tampoco, sencillamente no había), las galletas venían a granel y el tendero las sacaba con la mano de una caja grande y las pesaba, solo tenían tres tipos: las galletas maría, las mayucas y de coco. Y la gaseosa venía en botellas de cristal retornables, la primera vez pagabas el precio de la botella y luego ya llevabas la vacía para comprar la llena y así solo te cobraban el precio de la bebida. En Reyes o en tu cumpleaños tenías UN regalo. Uno. Y de todos los compañeros del cole, el raro era uno, sólo uno, que no tenía hermanos, lo normal era tener tres o cuatro hijos al menos.
Vi el primer reproductor de video traído por un capitán de pesca, de los que se pasaban meses pescando en los bancos de Terranova (descasa en paz, Vicente), comprado en Canadá o EEUU mucho antes de que los comercializaran en España, un video sistema 2000. Un par de años más tarde empezaron a venderse, a precios carísimo, y aparecieron el Betamax y el VHS. Y los videoclubs, con las películas separadas por “sistemas”, hasta que finalmente se quedó solo el VHS. Luego vinieron los DVD, y después desaparecieron los videoclubs.
Ya en el instituto, vi el primer Spectrum ZX, los Amstrad, y demás. Mi primer PC fué un Amstrad PC1512 sin disco duro que era la bomba con su procesador de ¡7 Mhz!, tenía además un monitor en blanco y negro (lo normal era el fósforo verde) y dos lectores de diskette de doble cara (los conocí de cara simple) de 5”1/4.
Los pinball fueron dejando paso a los videojuegos poco a poco (no maté yo marcianos en el Space Invader ni nada) y las salas de juegos fueron perdiendo las mesas de ping-pong, luego la mesa de billar y después los pinballs para terminar cerrando también. A todo ésto, la conservera había cerrado y la habían tirado para construir pisos. También se dejaron de vender los cigarrillos por unidades, y se extinguió el intercambio de novelas de Marcial Lafuente Estefanía y de Corín Tellado por un módico precio.
Vi aparecer el primer autoservicio, que nadie entendía como se podía hacer la compra sin tendero y escuché que aquello cerraba en dos días, que no tenía futuro. Asistí a las discusiones sobre la obligatoriedad del cinturón de seguridad, la resistencia a su uso. Apareció la primera tele en color, carísima, que tardó muchos (pero que muchos) años en entrar en mi casa. Todas estas cosas y muchas, muchísimas más, vi desaparecer, o aparecer y desaparecer, y forman parte del camino que nos trajo hasta el momento presente, es lo que llaman progreso.
Así que todas las discusiones que leo ahora sobre la desaparición de los periódicos en papel, del fin de la industria del cd y el dvd de entretenimiento, de tantas cosas… comprenderéis que me suene a cachondeo, con todo lo que llevo vivido a lo largo de mi vida. Todo, absolutamente todo, llega un momento en que se termina, y resistirse a ello es gastar energía en vano, lo que hay que aprender es a cambiar como cambian las cosas, y si aquello en lo que trabajas se termina, recíclate y dedícate a otra cosa. Mira atrás con nostalgia, quizá, pero sin rencor, y solo dos minutos, el mundo no está ahí detrás, está ahí delante. Y está construído a base de cambios.
P.D.: Para los más jóvenes, que nacieron ya con conexión a internet, no, no tengo 95 años. Puede que sea más joven incluso que tus padres, solo tengo 44. Calcula ahora cómo será el mundo cuando seas tú el que los tenga. Si puedes.










